Todos somos New York (he estado antes aquí)

avenue-NY

O la amas o la odias.

No quieres irte. Tampoco volver.

Nueva York es un puzle. Más bien un rompecabezas. Una amalgama contradictoria. Tan triste, tan real. Tan divertida e hipócrita. Tan poco norteamericana.

Y es que hay dos Nueva Yorks. En el primero, desayunas con diamantes en la 5ª avenida después de una noche desenfrenada de sexo en la ciudad. Quedas con tus friends en cualquiera de los (literalmente) cientos de Starbucks que te asaltan a cada esquina. Compartes un hotdog con King Kong en lo alto del Empire State. Observas a la loca academia de policías hincharse a DunkinDonuts (y acabas hinchándote tú también). Pides favores al padrino. Ordenas pizza a domicilio una noche que te sientes solo en casa. Miras bajo la falda de Marilyn. Y sueñas… sueñas con strawberry fields forever

Pero todo eso la yo sabes. Ya conoces esa ciudad.

Y es que existe otro Nueva York. En el segundo naciste en Méjico, Perú, República Dominicana, Panamá, China, Índia, Egipto, Pakistán. Vendes fresas en el mercado siete días a la semana. Limpias los zapatos de Marilyn. Repartes pizzas en bici bajo la nieve. El padrino se venga de ti. Horneas donuts de sol a sol. Vendes hotdogs en la calle. Rebuscas en las basuras del Empire State. Preparas cafés. En su otra cara vendes en el top manta Desayuno con diamantes (que ahora regala la última de Sexo en Nueva York). Y los domingos, haces cola en el Western Union de debajo de tu apartamento en las afueras para enviarle dinero a tu familia en Méjico, Perú, República Dominicana, Panamá, China, Índia, Egipto, Pakistán.

Nueva York, la oportunidad. El sueño americano. La contradicción hecha ciudad. Donde todo es para llevar (y por ende, para tirar). El triunfo del unsolouso, las bolsas más gigantes de basura que verás jamás. Donde los ricos son muy ricos y los pobres, lo imaginas, muy pobres. Ciudad extrema.

Cuando visites Nueva York, vive el Nueva York de cine. Debes hacerlo. Pasea y pasea. Piérdete. Siéntete Audrey Hepburn. Pero no te quedes ahí. Por la noche, antes de coger el metro de vuelta ya al hotel, baja la vista de los rascacielos (te costará, son hipnotizantes). En las escaleras de una iglesia en pleno Manhattan ya ha llegado ella. Deja reposar en el suelo sus bolsas de plástico y con cuidado, estira su manta justo en la tercera escalera (tiene ya la forma de su cuerpo). Es invierno y el termómetro a duras penas marca grados positivos pero igual dormirá allí, como cada noche, mientras muy posiblemente tú tendrás que dormir hoy con la ventana abierta por el sofocante calor de la calefacción.

Dr Jekyll y Mr Hyde.

Y la odias y la amas.

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