Wilson y la catarata de Gocta, una historia mínima

CatarataGocta-Chachapoyas

Suena el despertador y tus ojos se niegan a separarse. Vuelve a ser demasiado pronto. Y para colmo estabas teniendo uno de esos sueños de los que no querrías jamás despertar. Tu mente repasa… hoy toca catarata. Otra catarata más. Sin mucho ánimo te subes a la combi que te llevará hasta Cocachimba, legañas aún en los ojos. En el camino, curvas y más curvas. Hoy no es tu día. Auriculares, música y abstracción del mundo.

En Cocachimba un puñado de casas de adobe repartidas por una plaza cuadrada te da la bienvenida. Te esperan cinco horas de caminata para la que te aconsejan botas altas de caucho… mucho barro señorita, ha llovido aunque no es temporada ya.

El día empieza a mejorar cuando conoces al señor Yalta, llámeme Wilson, espeta con una sonrisa sincera en la que alcanzas a leer un profundo agradecimiento. Hoy seré su guía hasta la cascada, y sus ojos oscuros como el azabache y su piel tostada y su sonrisa perpetua te hablan sin palabras.

Gocta

Por el camino, poquito a poco y con cuidado, vas descubriendo la historia del lugar, y el día mejora y la piel se eriza y acabas sonriendo tú también.

Las palabras de Wilson te acompañan en el duro camino. Te cuenta orgulloso sobre su cascada, Gocta, la tercera catarata más alta del mundo (771 m de caída abismal) y de cómo el mundo no supo de ella hasta 8 años atrás. De cómo los lugareños disfrutaban de Gocta desde hacía siglos en silencio hasta que llegó un alemán a medirla y revolucionó el pueblo. El turismo empezaría a llegar en masa después del descubrimiento y, como en la mayoría de lugares, el dinero caería en manos extrañas. Hoy no quieres historias tristes, frunces el ceño esperando lo peor, pero Wilson no deja de sonreír, así que continuas escuchando (con la lengua fuera) confiando en un final feliz. El sonido de la catarata es cada vez más fuerte mientras los cafetales y la caña de azúcar van dejando paso a un cerrado bosque primario semiselvático ya.

Los primeros meses fueron duros, cuenta Wilson. El pueblo se organizó para constituir una Asociación Comunal Turística mediante la cual, todos a una, pudieran autogestionarse y sacar provecho de su maravilla. La tierra es nuestra y aquí debe quedar el dinero que Gocta genere. Con ayuda de fondos ítalo-peruanos se formaron jóvenes del pueblo como guías, se arregló el camino hasta la catarata y se acordó cobrar una entrada de 10 soles (2,5 euros) por visita. Ese dinero alimenta un fondo común para cubrir las necesidades del lugar. La historia te cautiva y sin darte cuenta te encuentras ya a los pies de Gocta. Majestuosa, imponente, atractiva. La fuerza de sus aguas moja tu cabello. La fuerte brisa te habla de la historia de sus gentes. Wilson está contento, agradecido de poder alternar las duras horas que pasa cultivando la tierra con su función de guía local, explicando con orgullo y pasión su historia a todo aquél que quiera escuchar.

El día acaba mejor de lo que empezó. Con los pies llenos de barro. Gocta en tu retina. Una historia mínima más que compartir.

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6 pensamientos en “Wilson y la catarata de Gocta, una historia mínima

  1. como siempre, GRACIAS por compartir! Qué suerte tienen todos los que os encontrais por el camino! pocos sabran mirarlos con vuestros ojos! 😉

  2. Cuando llegas a la catarata después de esta bella história, dices “esta caminata merece la pena”. Qué bien que habéis podido contemplarla, la naturaleza por sí sola es una maravilla y si alguien te ayuda a descubrirla, mejor que mejor.
    Besicos.

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