Treinta minutos

Cartagena 2

Treinta minutos. A estas alturas de la película puedes pasarte treinta minutos delante de la puerta de un supermercado en Medellín sin hacer nada. Observando todo. Después de casi un año has aprendido que los lugares los hace la gente. Que la gente está en la calle. Que las mejores calles son las humildes. Y que los humildes son las mejores gentes del lugar.

Por eso eliges el centro de Medellín para quedarte. Por eso estás treinta minutos delante de la puerta de un supermercado sin hacer nada. Observando todo.

19:31. Números en rojo sobre fondo negro. La puerta se abre y se cierra con el vaivén de los clientes. Frente a ella el señor Luis, le echas unos sesenta. En su camisa recién planchada alcanzas a leer Seguridad Privada. Al señor Luis no le falta una sonrisa, un a la orden, un por favor, que tenga una buena noche. El señor Luis no tiene el trabajo más excitante del mundo pero es colombiano. Y los colombianos son así.

Tu mirada queda fija en la puerta que viene y va, y viene y va. Te hipnotiza mientas tu mente viaja hasta el primer día, el día en el que conociste al primer señor Luis. Recién aterrizada en Bogotá él, taxista, te acompañó a buscar el autobús público para llevarte al centro. En el hostal, otro de ellos te hizo sentir parte de su familia, tanto que te dio pena dejar Bogotá para irte a Taganga. Allá, otro pueblo con mar, te quedaste diez días por culpa de toda una familia de señores Luis al completo que hicieron de tu rutina la felicidad. Visitaste la selva en Minca huyendo del calor. Te asombraste en Tayrona y su paraíso terrenal. Pero siempre volviste a Taganga, por ellos.

Cinco horas de autobús te llevaron a Cartagena. Ciudad colonial preciosa, gente maravillosa por doquier. Tu señor Luis de allá cuidó de ti cada día a la vuelta de tus largos paseos. Te ofreció mazamorra, te invitó a café tinto (doble, como le gusta a usted), guardó tu vieja mochila mientras pasabas la noche en la Playa Blanca mecida por una hamaca, te aconsejó… y se emocionó al despedirte en tu camino a Medellín.

20:01. Números en rojo sobre fondo negro. El señor Luis no pierde la sonrisa mientras te mira, ¿está usted bien señorita? Tú le devuelves la sonrisa esbozando un gracias señor Luis que resuena en Bogotá, Taganga, Minca, Tayrona, Cartagena. Que suena en Medellín. Que se queda dentro de ti.

Porque Colombia es así. Trabajadora. Educada. Alegre. Hospitalaria. Feliz.

Te das la vuelta y te vas, tras treinta minutos delante de la puerta de un supermercado sin hacer nada. Observando todo.

Minca

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8 pensamientos en “Treinta minutos

  1. Los señores Luís caen bien, educados, atentos, sonrientes. Pero con vosotros es fácil ser amable y educado porque sabéis el valor de una sonrisa, tb sois “SENORES LUÍS”, no lo dudo.
    Besicos.

  2. Completamente de acuerdo con mamá. Elsa y August llevan un señor Luis dentro y eso es bonito. Y eso os devuelve lo que dáis.

    No sé si llegué a contaros que en Granada estábamos buscando un locutorio, bajo los 40 grados veraniegos (y verdaderos) de un medio día allí… Parábamos a andaluces y ninguno nos ayudó demasiado. Un “no sé” de cortesía. Algunos con gracia y otros con menos gracia. Es verdad que el calor, incluso a la sombra, no era como para pararse en mitad de la calle a charlar con desconocidos.

    Paramos a una pareja pintoresca, ella era colombiana, él era norteamericano. Ella nos indicó más que amablemente el camino hacia un cibercafé “cercano” y como resultaba un tanto complicado… cambió su trayecto y nos acompañó hasta la puerta. Hasta la puerta. Repito: cambió su dirección y bajo el sol insoportable nos acompañó hasta la puerta. Estuvimos andando unos minutos juntos. Vaya, que no era girar la esquina y basta. Se justificó al hacer este gesto diciendo que en Colombia la gente es así… y que cuando ella llegó a Granada se sintió sola porque poca gente se prestó a ayudarla de verdad.

    En fin… Que sí. Que me creo la gran amabilidad de Colombia y de su sonrisa, sus brazos abiertos y sus señores Luis.

    Gracias!!

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