Éste es un relato póstumo y en primera persona (y así fue)

Sapzurro 25

Éste es un relato póstumo y en primera persona. Por primera y última vez. Un relato mitificado, como todo aquello que se mira desde la distancia, desde la reflexión que otorga el fin. Y como todo lo que llega a su fin, un relato melancólico y triste. Porque la tristeza no debiera ser considerada doliente ni la melancolía ignorada. Y porque hoy, el día que por fin me decido a escribir, ambas me acompañan.

Tenía miedo a volver y por eso decidí esconderme en el lugar más recóndito de Colombia durante las dos últimas semanas de mi pesadilla. Porque las pesadillas no debieran ser consideradas perversas ni maquilladas como sueños hechos realidad. Porque las tristes y melancólicas pesadillas pueden esconder los destellos de felicidad más puros jamás sentidos. Y así fue.

Sapzurro, una pequeña bahía en la frontera con Panamá fue el escondite elegido. Reunía todas las características para triunfar: pequeño, asilado, sin comodidades. El mar se convertiría en mi aliado para desenmarañar el remolino de sentimientos y altibajos emocionales que presuponía estar a punto de vivir.

Jamás estuve tan lejos de la verdad. En Sapzurro se aprende por osmosis pese a tratar de impermeabilizar los poros de tu piel. Una última lección, quizá la más importante. Para viajar, es mejor no moverse. Elegir un lugar y quedarse. Vivir. Echar de menos a la gente del lugar a la partida. Llorar por volver y querer irse, a la vez.

Llegar a Sapzurro supone más de 24 horas de viaje,  autobús nocturno, barco y lancha incluidos. Hacer la compra implica una caminata de dos horas por la selva. Hay cortes de luz. No existe el wifi. Hay mosquitos y una de las playas más bonitas en las que pensar.

Llegan cubanos por mar a refugiarse en suelo panameño, el tráfico (encubierto) de drogas es todo un qué, hay marineros en veleros, muchos negros (negros negros, como a ellos les gusta llamarse). Hay vecinos de verdad, de los que te invitan a cenar y te regalan libros dedicados. Hay muchos peces y pocos pescadores.

De Sapzurro vuelves en lancha, barca y autobús. Más de 24 horas para caer en la cuenta de que ese remolino de sentimientos, esos altibajos emocionales, lejos de apaciguarse han empeorado. Que sí, que la maraña ya está armada y no, no será desenredada jamás.

Ese viaje, mi viaje, tu viaje, se ha convertido en un caótico ovillo. Así fue entonces y así continuará. Porque más allá de responder preguntas ha planteado infinidad más. No he aprendido más que para saber que no sé nada. He vuelto ignorante. No me reconozco, ya no sé más quién soy. He echado más de menos que nunca. He llorado más que nunca. He pasado miedo. He dormido mal, comido mal. Me he sentido sola.

Dime tú si no es eso una triste y melancólica pesadilla. Dime tú si eso no es sentir. Dime, si no es estar vivos. Dime tú, qué es eso si no vivir.

Y así fue.

Sapzurro 4