Lo que pasa en Myanmar se queda en Myanmar

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Quiero irme de aquí. No quiero participar de esta sinrazón. Quiero irme. Quiero irme. Me vuelvo.

Eso es lo primero que sientes al cruzar la frontera de Tailandia con Myanmar a pie. Myanmar es un país complejo, como complejos son los sentimientos que te invaden al enfrentarte a él. Políticamente inestable, la pureza de sus gentes contrasta con la históricamente crueldad de sus gobernantes. Una amalgama de pensamientos en forma de inmensa red cruza tu cerebro al intentar resumir todo lo vivido allí. Quizá sea que, lo que pasa en Myanmar se queda en Myanmar.

Su historia te eriza la piel… Bajo el colonialismo británico hasta mitades del sXX, Myanmar consigue su independencia gracias al líder birmano Aung San. Tras un año de democracia el líder es asesinado y el país es sumido, primero, en un gobierno militar apoyado por el pueblo y luego, en una dictadura militar socialista que dura hasta 2011. Durante los años de dictadura el gobierno asesina, encarcela, oprime y priva de total libertad al pueblo birmano. Y para muestra, un botón: arresto domiciliario de 15 años para la hija del líder asesinado Aung San, Aung San Suu Kyi (líder del principal partido de la oposición NLD), 3000 muertos en las manifestaciones contra el régimen en 1988, encarcelamientos, expatriaciones y asesinatos de más de 100 parlamentarios, opresión para las numerosísimas etnias del país, decadente nivel educacional y sanitario, pobreza y más pobreza.

Y de repente, en 2011, todo parece cambiar. Se disuelve la junta militar, Aung San Suu Kyi es liberada y se convocan elecciones. Myanmar, la perla del Sudeste Asiático. Así la llaman ahora. Y es que claro, imagina lo goloso que es para el turista visitar un país asiático que debido a su triste situación política ha conservado sus costumbres sin contaminación externa durante tantos años. Carruajes usados como taxis, calles sin alumbrado eléctrico, campos arados por animales, mujeres portando grandes pesos sobre sus cabezas, venta ambulante, remendones, limpiabotas, muchos monjes, alguna que otra monja.

Y en medio de todo esto llegas tú. Con tu mochila The North Face y tus billetes de dólar asomando por las orejas. El turista paga (mucho) más. Los alojamientos están por las nubes y debes pagar por (casi) todo. Cuentan las malas leguas que todo ese dinero va directo a engordar los bolsillos del gobierno que, en medio de un estado de transición, continúa sin haberse purgado de su corrupción. Por otro lado, es difícil escapar del circuito turístico que todo el mundo hace, pues la mayoría de partes del país están prohibidas o son de muy difícil (y caro) acceso. Así pues, cuando cruzas la frontera de Tailandia con Myanmar a pie, lo que sientes es

Quiero irme de aquí. No quiero participar de esta sinrazón. Quiero irme. Quiero irme. Me vuelvo.

Pero no lo haces, te quedas. Te quedas los 28 días que te permite el visado y te sabe a poco. Sueñas con ella. Querrías regresar. Y regresar. Y regresar.

Myanmar te envuelve con sus tristes brazos mientras tú cierras los ojos. Y es entonces, justo entonces, cuando tu mundo se desmorona.

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