EN MALASIA, NADANDO ENTRE TIBURONES (O CóMO SER FELIZ CON UNA CUERDA)

Hoy es un día de lluvia en Malasia.

Cielo cerrado, tenue luz, olor a tierra y reflexión.

 Y… aterrizamos en Kuala Lumpur desde Japón. Porque en Kuala Lumpur se aterriza, sea cual sea tu modo de transporte. En KL, como se hace llamar la ciudad, te das de bruces.

El aeropuerto (de las compañías de bajo coste) es pequeño y desangelado, y desde el minuto uno quieren hacer negocio con el turista.

(Me permito, aquí, hacer una breve reflexión sobre una idea que no deja de repetirse en mi mente, cual mantra: somos turistas. Nada puede cambiar eso. Está grabado en nuestras frentes, no hay manera de ocultarlo. Somos turistas y como tales, nos separa un abismo infranqueable de la gente local)

A los turistas se nos concentra para dormir en Chinatown, un barrio que quiere conservar un aire auténtico no llegando a más que parecer un decorado. Cientos de puestos de comida callejeros, edificios al borde de la destrucción y ratas nocturnas conforman su decrépito paisaje. Sólo bastan 10 minutos a pie para caer en la cuenta de que KL no es eso. KL es una ciudad emergente, más rica que pobre, exuberante donde las haya. Coronada por las famosas Torres Petronas, KL existe, y de qué manera. Amalgama de culturas y religiones, en ella conviven islámicos, budistas, hindúes y cristianos; malayos, chinos e indios. Todos diferentes, conservan sus lenguas. Todos iguales, se comunican en malayo.

Moverse desde allí se antoja fácil, si das con personas que (quieran)sepan ayudarte. Si te decantas por la costa este del país es parada obligatoria Isla Tioman, hacia el sur de la península. En Tioman el tiempo se para.

Económicos bungalows delante del mar. Silencio interrumpido por el oleaje. Macacos. Ranas. Lagartos. Gatos. Selva. Blanca arena. Turquesas aguas. Hamacas en palmeras. Cocos. Bananas. Tic tac. Tic tac. Tic… ti… t…

…t…ti…tic…Tic tac. Tic tac. Tic tac

En Malasia el transporte estrella es el autobús. Ahora sí, estate preparado. El autobús del andén 2 aparece en el 8. El que sale a las 14h se va a las 15h. El que tarda 4h… son 6. Así que relájate, tómate un nescafé (la bebida por excelencia en el país) y espera sentado. Llegar, vas a llegar. Cuándo… ahí sí que no puedo ayudarte, amigo. Ahora sí, súbete y no te duermas. El paisaje que verás desde él es Malasia, la de verdad. Donde nadie para, donde ellos viven. No exagero si digo que:

Todas las mujeres llevan Hijab. Todos los hombres fuman. Comen arroz 3 veces al día. Se bañan completamente vestidos en el mar. Viven en muy (muy) humildes casas. Tienen tablets. Usan iPhones. Hablan inglés. Construyen mezquitas en cada pueblo. Oyen su rezo desde cualquier punto del país. No madrugan. Se acuestan tarde. Les cuesta abrirse a nosotros. Nos cuesta abrirnos a ellos.

Después del paseo en autobús ya debes andar por el norte del país. Súbete a una lancha y sigue rumbo a Perhentians, las islas que según todo pronóstico debes visitar. No te gustarán cuando llegues; más botellas de plástico en la arena que turistas, precios engordados, demasiada espalda quemada. Pero dales una oportunidad. Husmea y rebusca. Encontrarás tu lugar. Hay sitio para todos los públicos y bolsillos. Puedes conseguir una casita en la arena delante del mar para dos personas por unos 14 euros. La comida se encarece: hay que pasar por el aro y comer en restaurantes, no hay supermercados. Un plato de arroz con verduras te saldrá por un euro, no desesperes. Y si estás cansado de no-hacer-nada-en-la-arena alquílate unas gafas y un tubo (por 2,5 euros) y lánzate a bucear entre tiburones. A ver, no te emociones, que sé que viste la película, pero no son así. Son pequeños. Y no te hacen ni caso. Aun así, imponen (mamá, no te preocupes, estamos bien, estaban lejos, ejem…)

Y una noche, antes de acostarte, quédate en el balcón delante del mar. Apaga las luces. Camúflate en la oscuridad y observa. En la arena hay niños jugando. Son malayos. Tienen unos 10 años y una vieja cuerda. Dos de ellos la aguantan. Los demás saltan y cantan pasando de un lado a otro de ella. Ríen y se pelean y vuelven a reír. Con una cuerda, en la arena, nada más. Y cae en la cuenta de lo bien que define esa estampa a Malasia. Felices con una cuerda. Felices con lo que tienen.

Y acuéstate mientras te rascas las piernas llenas de picaduras. Y escucha el repicar de la lluvia en el mar. Y prepárate para seguir. Estás en la frontera con Tailandia. Adelante. Esto no se para.

coco

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