No vayas a Ecuador

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¿Por qué Ecuador? Es la pregunta que unos y otros te repiten cuando les cuentas sobre tus intenciones de pasar unos días allá. Te sientes tan tontamente avergonzada ante la estupefacción de tus compañeros que acabas por buscar excusas: bueno, está de camino a Perú… nah, si sólo serán quince días… sí, yo también me hago esa pregunta (murmuras entre risas de complicidad).

Un mes más tarde y después de haber recorrido el país de norte a sur y de este a oeste, te ves capaz de convencer al más escéptico, te avergüenzas de tu vergüenza inicial, y alzas bien alta la cabeza para decir: sí, estuve en Ecuador, y sí, me llegó al corazón.

¿Por qué Ecuador? Porque esos quince días programados se convierten en treinta y se te hacen pocos. Porque sus gentes te acogen cual hermana. Porque ellos fueron allá, vivieron allá, trabajaron allá y se sienten enormemente agradecidos de que ahora seas tú la que vengas acá. Porque Ecuador intenta resurgir de sus cenizas y mirar al futuro con orgullo. Por el estupor que causan sus montañas, el silencio de su selva, la historia de sus costas. Y por esa oscura mirada que, desafiando las leyes del tú a tú, te planta cara para enseñarte (una vez más en estos 9 meses ya) otra manera digna de vivir.

Ecuador fue cuna Inca primero, arrasada por los españoles después. Vivió una diáspora masiva hacia Europa. España fue su segunda patria durante quince años. Ellos, al escuchar tu acento (que no tu asento) ya sonríen. Y eso se agradece (y más después de saber que no a todos los ecuatorianos se les trató –ni trata- bien por allá). Ellos te hablan de sus hijos en Murcia, de sus papás en Madrid, de sus trabajos en la obra.

Su política te atrae: el murmullo en los autobuses (los mejores medios de información) hablan de un Rafael Correa que ha dado la vuelta en siete años al país. Burocráticamente sus políticas predican mejoras educativas, sanitarias, infraestructurales. Todo para el pueblo, poco para el poderoso. Sobre el papel la educación universitaria desciende sus costos hasta mínimos, hay trabajo para todos, las leyes se cumplen, las relaciones internacionales con Latinoamérica se afianzan, se impulsa el cooperativismo, se reniega del capitalismo.

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Pero no sólo de papel vive el hombre, y como en todo sistema la práctica falla con facilidad. El donde-dije-digo-digo-diego le delata en temas de eco-sostenibilidad y se lanza a explotar las últimas reservas petrolíferas de uno de los pulmones de planeta, el Parque Nacional Yasuní. Políticas, dicen, populistas evidencian la sed de poder (el famoso bono de pobreza -50 dólares al mes- siempre alienta algún voto de más). Un país endeudado con China. Alguna que otra reprimenda que añadir.

Y ahí en medio te ves tú, con tu mentalidad de9mesesantes luchando con la de9mesesdespués. Con los pies aguantando el equilibrio posados en la línea que separa la mitad del mundo, intentando ser imparcial, sabiendo que acabarás por caer hacia uno de los dos lados, sabiendo que querrás caer hacia uno de los dos. Y piensas en esos (todos) niños saliendo de las escuelas, en las carreteras asfaltadas, en los indígenas no contactados de la selva, en los numerosos anuncios de trabajo, en un pueblo educado y crítico para con los suyos, y piensas que por qué no, que esto es mejor que lo otro aunque no sea perfecto, que queda mucho camino por recorrer pero la brújula marca la dirección correcta.

Y desde ese lado ya de la línea te subes al autobús que te aleja de Ecuador, con la mirada fija atrás, mientras tu cuerpo sigue hacia delante dispuesto a, una vez más, seguir (des)aprendiendo en el camino.

¿Por qué Ecuador? Si aún te lo preguntas…

mejor no vayas a Ecuador.