Nueva Zelanda tiene nombre de mujer

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Es tan bella que acompleja. Te sientes pequeña. Diminuta. Minúscula. Casi desapareces. Te vas. Ya no estás.

Y ahí, escondida, qué agustito se está. Tiempo. Ganas tiempo. No envejeces. Escuchas nada y todo. Piensas y no. No estás.

Nueva Zelanda te esconde. Abrumadora. Preciosa. Perfecta. Como ese rostro que te cuesta mirar porque te sonroja. Como ese rostro que no puedes dejar de mirar porque te sonroja. Sabes a qué me refiero.

Nueva Zelanda tiene nombre de mujer. Elegante. Imponente. Salvaje. Te enamora.

Nueva Zelanda tiene nombre de mujer. Te hace sufrir. Intensa. Poderosa. Tan emotiva. Tan pasional.

Como todo lo que merece la pena, cuesta al inicio. Si tu presupuesto es ajustado (y créeme, lo es) no te lo pondrá fácil. Vivirás en un coche de alquiler. Él será tu medio de transporte, tu armario, tu cocina y tu cama a la vez.

Rebuscarás en todosycadauno de los supermercados que te encuentres en el camino las ofertas del día. Esos plátanos negros. Ese pan de ayer.

Tu higiene personal dejará mucho que desear. La ducha será un lujo de no todos los días. Y te darás cuenta de que oye, tampoco es tan necesaria (como ves, también aprenderás a justificarte cada vez más con tal de ahorrar…).

Aprenderás a comer pan(deayer)contodo. A cocinar colcontodo. Y a reírte de ello.

Comprobarás que hay vida más allá del wifi. Que sí, se puede vivir sin enchufes. Y no, no morir en el intento.

Ay de los viajeros de bajo presupuesto, otra raza. Los reconocerás por sus ojeras, sus caras quemadas por el sol, sus pies descalzos, su espalda hecha añicos. Ellos no se mezclan con los demás. No pisan un restaurante. Ellos deambulan cual espectros en busca del aparcamiento no penado en el que dormir. Ellos ahora son tú.

Y cuando todo ello esté superado, empezarás a disfrutar de ella. Sonrojada, la mirarás a los ojos (los más oscuros ojos que hayas visto jamás) y desaparecerás.

Ahora dibujas el borde de sus lagos con el dedo y una vez cerrado el círculo te bañas en ellos. Sus montañas… caes rendida a sus pies. Las subes, las disfrutas, las sueñas y las extrañas al bajar.

Ahora vives con el sol. Te asombra en cada amanecer. Te acuna al atardecer. No hay horarios ni camino. Se hace camino al andar. La música es tu aliada. Vuelves a disfrutarla como nunca. Y el silencio. El silencio, ese enemigo que te hace pensar, te vuelves adicta a él.

Ahora te saludan animales salvajes. Entre focas, pingüinos y delfines eres feliz. Las ovejas te observan recelosas. Las vacas te obvian orgullosas. Ahora eres un animal salvaje más. Eres naturaleza.

Y en una de esas noches de insomnio dentro del coche saldrás a tomar el aire. Y al salir, la cumbre del Monte Cook te saludará, poderosa, desde la distancia. Te guiñará un ojo y te señalará al cielo. Y entonces las verás a ellas. Las estrellas. Tantas y tantas estrellas. Todas las estrellas. Y pasarás la noche con ellas.

Pellízcame Nueva Zelanda. Pellízcame y despiértame de este sueño del que no quiero despertar.

Nueva Zelanda tiene nombre de mujer. Tan bella que acompleja. Te sientes pequeña. Diminuta. Minúscula. Casi desapareces. Te vas. Ya no estás.

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